miércoles, 23 de abril de 2014

LAS CASAS DE ALICIA

                            (Luz)
No recuerdo la hora, pero estoy segura que siempre sucede por la tarde. Un monte de tierra blanca puede servir de asiento. A veces crece la hierba, otras no.

El rito consiste en: andar despacio, no pensar en nada y al llegar mirar la fila de árboles pequeños que hay cerca de la casa sin tejado, meter la mano en el bolsillo y apretar el botón para hacerlo todo grande. Requisito indispensable: estar sola. 


UNA CASA CON JARDÍN

Cuando Alicia abre la puerta, nunca sabe lo que va a encontrar.

De un grifo pueden salir huevos de avestruz y del cesto de la
fruta un muñeco de muelles que da saltos por encima de la mesa.

Si está cansada, busca una silla que no existe, pero a cambio,
una lámpara azul la coge en brazos, le canta una nana y la deja
dormida. Cuando despierta, tiene hambre, por eso, baja a una
cocina que cambia de lugar cada vez que pisa las baldosas. Como
nunca llega, viene un plato en forma de camarero y le ofrece, en
una piscina pequeña, zumo de chocolate.

Puede salir al jardín y encontrar un juego de ajedrez. Las fichas
las transportan mariposas. Nunca ve a los jugadores.

O puede mirar en el salón, como una especie de bastón ensaya
pasos de baile hasta que una voz le ordena pararse. Jamás se
vuelve a mover. La misma voz pide silencio y centenares de
cuadros desfilan por un pasillo que cada vez se hace más largo,
más largo ....

Si pulsa un botón naranja, máquinas de escribir suben y bajan
las escaleras, hasta dejarlo todo limpio.

Se prohíben flores de papel, objetos de plástico y bobinas de
hilo .

Se aceptan todos los sonidos y en especial, los zumbidos de las
moscas.

En un rincón huele a hierbabuena y en la habitación de arriba,
un dinosaurio sueña en francés.

Alicia sabe cuando es la hora de salir. Lo más fácil es el camino
hacia la puerta.

Porque llegaba la noche, me tenía que ir. Apretaba el botón para
hacer la casa pequeña y metiéndola de nuevo en el bolsillo, me
acercaba al lugar donde mis amigas jugaban a la comba.

 
Luz del Olmo


LA CASA DE LA MÚSICA


Escribí unas prosas poéticas que titulé Las casas de Alicia, después, con el tiempo, hice una obra de teatro basada en estas casas que fue representada por los niños y niñas de Velilla, dirigidos por Rodolfo Serrano. Más tarde la convertí en novela. Esta novela la presenté al Premio Lazarillo y quedé finalista. La he intentado publicar en alguna que otra editorial de literatura para niños, pero no lo han creído conveniente. Es un juego que yo tenía de pequeña. Me sentaba en una piedra, que aún existe, y mirando el paisaje imaginaba que tenía una casa en el bolsillo de mi vestido a la que apretaba un botón, la hacía grande y pasaban cosas maravillosas.

Hoy he empezado a leer " Los Cuentos de la Abuela" de Kety Morales, editados por "Tal Vez", la editorial de mi amigo Pedro Talaván y al finalizar el primer cuento, me he acordado de mis prosas poéticas. Por eso dejo aquí este texto.



LA CASA DE MÚSICA

Para Alicia el entrar, es no querer salir. Por eso elige el miércoles y nunca falta a la cita. Ese día, se viste con los zapatos nuevos y se pinta un lunar muy cerca de los labios.

Cuando llega, las puertas, como dos mayordomos, se inclinan ante ella. Rayos de soles suben y bajan y entre cascadas, canta una voz.

Una flauta mágica enamora el aire. Suenan celosos los clarinetes.

En el salón del ángulo oscuro ha quedado una guitarra acompañando al arpa.

Los papeles de una sinfonía se olvidan muy cerca del piano.

Do , Re, Mi, Fa, Sol , La ,Si; son como un cuadro de colores invisibles ,o un otoño de letras barridas por el viento.

En un compás de dos por cuatro hay silencios con corcheas , semicorcheas, fusas y semifusas... Las redondas, ¿dónde están?

Alicia, deja los poros abiertos y se abanica con todas las sensaciones concentradas en la emoción de un lágrima, una sonrisa y estados de ánimo muy semejantes a las noches de luna llena.

Todo el silencio de las miradas se juntan en el hombre de los dos platillos. El tambor redobla, recordando, el trotar de los caballos . A lo lejos, suavemente, toca un violín .

El mundo está bien hecho y Alicia respira su armonía , sentada en el sillón.

Cuando ya no se oye ni el sonido de la golondrina con tristeza y alegría Alicia se va. Los mayordomos amablemente la invitan a salir y sin quererlo se encuentra en la calle.



Me gustaban los miércoles cuando empezaban, pero inevitablemente debía apretar el botón y hacer la casa pequeña para poder jugar con mis amigas. En el camino, casi siempre me rozaba, el aire de un pájaro.

Luz del Olmo

Esta entrada y otras con la etiqueta pertenecen a las prosas poéticas que anteriormente cito. Las dejo aquí a causa de leer Rosa- Fría patinadora de la Luna  de María Teresa León, en el club de lectura de La Acequía del profesor Pedro Ojeda Escudero. 

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